7.19.2013

Sócrates, el filósofo de la palabra

Sócrates, el filósofo de la palabra
 Sócrates, el filósofo de la palabra.

Año 470 a. C. nuestro protagonista, Sócrates, nace en Atenas, hijo de un escultor y una comadrona, según Plutarco, cuando nació su padre recibió del oráculo el consejo de dejar crecer a su hijo a su aire, sin reprimirle sus impulsos.

Pasó su infancia y adolescencia recibiendo una educación clásica tradicional y empapándose de la dialéctica y retórica de los sofistas.

Llegó a trabajar como escultor con su padre, y conoció la guerra, en el año 432 a. C. participa en la Guerra del Peloponeso, como un valiente hoplita más lucha en las batallas de Potideo o Delion.

Sócrates no representaba precisamente el ideal griego de belleza, era bajito, tenia el vientre prominente, los ojos como los de un camaleón y una nariz muy respingona, era comparado con los silenos, los seguidores ebrios y lascivos de Dioniso.

Era muy austero en la comida, la bebida y la ropa, se dice que llevaba siempre la misma capa y pocas veces lavó sus pies y se puso sandalias. Todo ello hizo que fuera motivo para las burlas de Aristófanes en sus comedias hacia el 423 a. C.

En la Grecia clásica se crecía que la belleza del alma armoniosa se reflejaba en la armonía del cuerpo, por eso sorprende que un hombre como Sócrates terminase siendo considerado modelo de decoro filosófico.

Tras Sócrates, el primer griego feo, se aceptó que un cuerpo poco armonioso podía contener un alma bella. Sócrates pertenecía a lo que era la clase media ilustrada de Atenas, tuvo una casa y pequeño capital, pero lo perdió todo durante la guerra, aún siendo conocido como “maestro de miserias”, siempre considero indigno cobrar por su labor filosófica.

Otro gran mito sobre Sócrates es su célebre Daimon, o fuerza divina que se comunicaba con él en sueños, y hay que decir el propio Socrátes reconoce que en ocasiones le orientaba esa fuerza divina.

Desde joven a todos sorprendió por su facilidad de palabra y agudeza de razonamientos, además todas sus conversaciones estaban llenas de una fina ironía.

Llego a casarse con una mujer de recio carácter, Jantipa, y también se especula con su homosexualidad, pero no hay duda de que para Sócrates la belleza del alma superaba con creces a la de ningún cuerpo. Su gran oratoria e inconformismo le convierten en el gran iniciador de la filosofía como ciencia que intenta conocer al ser humano.

Para él la sabiduría no consistía en la acumulación de conocimientos sino en su constante revisión para dar solidez a esos conocimientos.

Su método filosófico se basaba en la dialéctica, creía en la superioridad de la discusión sobre la palabra escrita, y se paso su vida dialogando y discutiendo en las plazas y mercados de Atenas. Así creó un método, la famosa mayéutica, con ella lograba que el interlocutor descubra sus propias verdades.

Así fue considerado en filósofo de la palabra, sin escribir una sola línea en su vida, fue considerado el filósofo más influyente de su época. Conocemos sus ideas por los testimonios de sus discípulos:

Platón, Jenofonte o Antístenes. Para él la bondad y sabiduría estaban unidos, se imaginaba la felicidad humana como búsqueda incansable de la verdad.

Platón, Jenofonte o Antístenes

Hacia el año 403 a. C. la Democracia se restablece en Atenas tras ser derrocado el tirano Critias, siendo declarada una amplia amnistía política.

Pero la armoniosa Democracia se empezó a sentir amenazada por la libre palabra e ironía de Sócrates, estamos ante un conflicto entre Política y Filosofía, una política que Sócrates solía evitar.

Los ciudadanos demócratas de Atenas en defensa de la libertad consideran capital que Socrates fuera acallado por el bien de la Democracia. Se le considera un ser subversivo que fomentaba el individualismo y apoliticismo entre los jóvenes.

Para la Democracia los atenienses debían dedicarse a la ciudad, con su participación en la comunidad, y a los dioses. Y Sócrates les incitaba al cuidado mental y personal y no a la participación ciudadana.

Los que acusan a Sócrates lo hacen creyendo actuar en defensa de la Democracia y de Atenas. Sócrates el filósofo que habla con todos: hombres, mujeres, adolescentes y ancianos, se dedica a dialogar con otras almas.

Para él el silencio nos hacia opacos, sostenía que para conocernos a nosotros mismos debemos buscar nuestro reflejo en la pupila de la persona con la que dialogamos, una de sus grandes frases es: ¡Habla para que te vea!.

Con su palabra Sócrates mostró a los atenienses el alma humana que no coincidía con la ciudadana, y esto era considerado una amenaza para Atenas.

De esta manera, Sócrates es acusado como corruptor de la juventud y ateo, él recibe la denuncia y, en vez de acudir directamente a los tribunales, se entretiene discutiendo y dialogando de filosofía con todos aquellos que le salían al paso.

Como el joven Teeteto al que recordó que era hijo de una comadrona y que había heredado el don de buscar almas y que estas alumbraran su propia sabiduría.

Él no se consideraba un gran intelectual, no era sabio ni podía sacar de su alma sabiduría. Sin embargo, era capaz de acrecentar el intelecto de otros. Algunos de sus seguidores se vieron en problemas, y ese hecho hizo que Sócrates se ganara detractores.

Pero al mismo tiempo desataba la pasión de sus discípulos como Alcibíades, político voluble, que dijo al respecto del poder de las palabras de su maestro que “eran capaces de poner fuera de si a quien te oye”.

Sócrates se detuvo, de nuevo, ante la puerta del tribunal para hablar con el pedante Eutifrón, al que explicó que había sido acusado de corruptor de jóvenes.

Él era muy consciente de que se le acusaba de alterar la relación tener Atenas y sus ciudadanos, y en su dialogo con Eutifrón nos enseña toda su ironía socrática consiguiendo a través de la dialéctica que asuma públicamente lo contrario de lo que sabe que es verdadero, y logra que Eutifrón se ofrezca para defenderlo.

Hay que decir que en la democracia las acusaciones debían estar sólidamente cimentadas, por ello se supone que los acusadores habían justificado sólidamente su acusación.

La clave de la acusación era que responsabilizaban a Sócrates de quitar crédito a la Democracia haciendo que los jóvenes duden de la ley y menospreciando las instituciones democráticas, lo que equivalía a no creer en los dioses, por eso es acusado también de ateísmo.

Una vez delante del tribunal de ciudadanos atenienses la actitud de Sócrates dista mucho del arrepentimiento, ya que se dedicó a soliviantar los ánimos de los ciudadanos diciendo “Atenienses siento por vosotros el mayor respeto y aprecio, pero es mayor el que siento por Dios (Apolo).

Así que hasta mi último suspiro continuaré filosofando y aconsejando como acostumbro". Además niega que los dioses pertenezcan a ninguna ciudad en particular, y pregunta al ciudadano de Atenas

 “¿no te avergüenzas de preocuparte tanto de acumular riquezas y honores, mientras desatiendes la mejora de tu alma?”. Ante tal socrática defensa es condenado a muerte por la ingesta de cicuta, Sócrates lleva su caso más allá de lo que querían su acusadores, que sólo querían darle un correctivo.

Según Jenofonte, Sócrates prepara mal su defensa porque quería morir, y que fue animado a no defenderse por su Daimon. Sócrates se mantuvo en prisión hasta que se ejecutase la condena, un presidio durante el que rechazo un astuto plan de fuga ideado por su amigo, el rico Critón.

Sócrates se muestra como un ciudadano ejemplar que respeta la ley y un filosofo que se debe a los atenienses y al dios Apolo, y de esa manera se enfrenta a la muerte.

Conocemos el final de Sócrates gracias al célebre Fedón de Platón, dialogo en el que se nos dice que este mundo es un simple transito hacia otro superior, y Platón describe a su maestro como un pensador capaz de impulsar hacia la virtud a los demás y capaz de dominarse a si mismo.

Paradigma de ese dominio de si mismo, Sócrates no dejó que las mujeres le preparasen para su muerte, él mismo se lavó y bebió después la cicuta, y así no permitir que las mujeres lavasen un cadáver. Su amigo Critón tuvo el privilegio de recibir las últimas palabras del maestro y de cerrar sus ojos para siempre.

Una muerte única para un ser único y desconcertante para sus contemporáneos, irónico, optimista, provocador y polémico hasta el fin.

Bibliografía:
A. Tovar. Vida de Sócrates. Alianza, Madrid, 1999.
Publicado por Pedro González Miguel

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